Era una fría tarde de sábado. Laura llamó a la puerta de aquella solitaria casa que había cerca de aquel camino nevado . Una anciana de rostro pálido y arrugado le abrió. -Buenas tardes señora, tuve un problema con el coche. ¿Podría hacer una llamada? La anciana la hizo pasar y le indicó el camino hacia el teléfono para luego perderse en otra habitación. Laura no sabía la dirección exacta por lo que intentó preguntarle a la amable anciana. Salió de la salita y caminó por aquel pasillo. Algo le llamó la atención en una habitación que había al final de este. Era una caja de madera tallada con una triqueta celta en su tapa. La cogió entre su manos pero cuando estaba apunto de abrirla la anciana se le apareció. Laura soltó la caja he hizo que se abriera un poco , en ese momento la anciana la recogió. - ¿Porque quiere tanto la caja?preguntó Laura A lo que la anciana contestó: Porque esta fue la que me hizo rica ,se l...
No pudo hacerlo. Se lo había propuesto, y no pudo hacerlo. La mañana había sido como todas, desesperadamente dura, en un ir y venir de noes y aplazamientos. Últimamente todo era así: quizá mañana, tal vez otro día. Lo apuntaba todo, metódicamente, intentando que la excusa se convirtiera algún día en éxito. Por la tarde, la misma historia. Recibió un par de llamadas. Promesas, pero nada concreto que pudiera llevarse al bolsillo. Ese día la semana moría y se abría al descanso que traería la próxima. Quizá la semana que viene, pensò, seguro que sí, la semana que viene. Y volvió a intentarlo, delante de él. Y, de nuevo, se sintió incapaz, tan cargado de realidad como andaba. Aquel día no pudo escribir ningún capitulo para su libro…
Entre las sombras y en blanco sudario envuelto surge un bulto de forma humana y de supersticioso aspecto, qué caminando con rigidez de cuerpo muerto, entra a Santiago, quedando inmóvil en el centro de la plaza ciudadrealeña, frente al pórtico del templo, mientras dentro pasan las monjas para comenzar sus rezos de maitines. Se iluminan los ventanales de la noble iglesia con un siniestro resplandor, mientras el lamento de las campanadas finaliza para volver al silencio. La sombra humana tras esperar un poco, como impulsada por algo hacia el pasaje, se interna en él, y se pierde, al fin, en su fondo negro. A los pocos días, todos los vecinos de la ciudad están aterrorizados y revueltos con el trágico suceso; habían encontrado en la Plaza de Santiago un muerto. Era el cadáver de un joven y elegante caballero. Tenía este un hermano en Flandes y otro con él en Ciudad Real, donde vivían desde que nacieron.
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