A quella Nochebuena, Ciudad Real brillaba como si el cielo hubiera bajado a encender cada farola. En la Plaza Mayor, entre el aroma a chocolate caliente y villancicos que salían de todas partes, los gemelos Mario y Chloe, de cinco años, caminaban juntos mirando las luces como si fueran tesoros suspendidos en el aire. Mario llevaba su bufanda roja favorita; Chloe, sus manoplas con forma de reno. Y aunque discutían casi todos los días por cosas pequeñas ,que si uno tardaba más en vestirse, que si la otra se había comido el último polvorón, aquella noche iban de la mano sin separarse. —¿Crees que este año podremos ver una estrella fugaz? —preguntó Chloe mirando al cielo despejado. —Si aparece, seré el primero en verla —respondió Mario con una sonrisa pícara. Siguieron caminando hasta el Belén de la Plaza, donde un pequeño coro afinaba villancicos. Justo entonces, una luz intensa cruzó el firmamento, tan rápida como un parpadeo… pero lo suficientemente brillante para detener a todos....
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