La estrella sobre Ciudad Real


Aquella Nochebuena, Ciudad Real brillaba como si el cielo hubiera bajado a encender cada farola. En la Plaza Mayor, entre el aroma a chocolate caliente y villancicos que salían de todas partes, los gemelos Mario y Chloe, de cinco años, caminaban juntos mirando las luces como si fueran tesoros suspendidos en el aire.
Mario llevaba su bufanda roja favorita; Chloe, sus manoplas con forma de reno. Y aunque discutían casi todos los días por cosas pequeñas ,que si uno tardaba más en vestirse, que si la otra se había comido el último polvorón, aquella noche iban de la mano sin separarse.


—¿Crees que este año podremos ver una estrella fugaz? —preguntó Chloe mirando al cielo despejado.
 
—Si aparece, seré el primero en verla —respondió Mario con una sonrisa pícara.

Siguieron caminando hasta el Belén de la Plaza, donde un pequeño coro afinaba villancicos. Justo entonces, una luz intensa cruzó el firmamento, tan rápida como un parpadeo… pero lo suficientemente brillante para detener a todos.
—¡La vi! ¡La vi! —gritaron los dos a la vez.
Se miraron sorprendidos, como si por primera vez entendieran que, siendo gemelos, muchas veces deseaban exactamente lo mismo sin decirlo.
La gente aplaudió; algunos dijeron que era una buena señal para la Navidad. Pero Mario y Chloe sentían algo más profundo. Habían pedido el mismo deseo: que nada los separara nunca.


De regreso a casa, mientras caminaban por la calle del Torreón del Alcázar, empezó a caer una nieve suave, casi tímida, como si la ciudad quisiera completar la magia de la noche.
—Chloe… —dijo Mario bajito—. Aunque seas pesada a veces…
—Y tú un mandón —respondió ella sin dejarle terminar.
Los dos rieron.


—Me alegro de que hayas visto la estrella conmigo —añadió él.
—Yo también —respondió ella, apoyando su cabeza en su hombro.




Cuando llegaron a casa, las luces del árbol parpadeaban como si celebraran su llegada. Y justo bajo la primera estrella del árbol, había un papelito que antes no estaba:
“La magia de esta Navidad será siempre vuestra mientras sigáis caminando juntos.”
Los gemelos se miraron, sonrieron y entendieron que, aquella noche, algo extraordinario había pasado. Quizá fue la estrella. Quizá fue Ciudad Real vestida de Navidad. O quizá, simplemente, era el recordatorio de que el mejor regalo que tenían… era tenerse el uno al otro.









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