El fantasma de Santiago
Entre las
sombras y en blanco sudario envuelto surge un bulto de forma humana y de
supersticioso aspecto, qué caminando con rigidez de cuerpo muerto, entra a
Santiago, quedando inmóvil en el centro de la plaza ciudadrealeña, frente al
pórtico del templo, mientras dentro pasan las monjas para comenzar sus rezos de
maitines.
Se iluminan los
ventanales de la noble iglesia con un siniestro resplandor, mientras el lamento
de las campanadas finaliza para volver al silencio.
La sombra
humana tras esperar un poco, como impulsada por algo hacia el pasaje, se
interna en él, y se pierde, al fin, en su fondo negro.
A los pocos días,
todos los vecinos de la ciudad están aterrorizados y revueltos con el trágico
suceso; habían encontrado en la Plaza de Santiago un muerto.
Era el cadáver
de un joven y elegante caballero. Tenía este un hermano en Flandes y otro con
él en Ciudad Real, donde vivían desde que nacieron.
Don Luis
Aguilera Pedrada, era el hermano, de ojos vivos e inquietantes, pelo y mostacho
negros, que daba a flotar al aire la pluma de su chambergo, y arropaba su
tizona de la capa entre vuelos con orgullo y gallardía...
Don Luis supo
que la muerte de su hermano había sido causada por la sombra misteriosa que en
la noche atravesaba silenciosa y lentamente la solitaria Plaza.
Y con la rabia
que era signo del arresto de su estirpe y casta, juró ante el cuerpo difunto de
su hermano, una venganza. Y poniendo la diestra sobre el pomo de la espada, se
perdió por las callejuelas de la ciudad manchega.
Camino de la
plaza, escuchó que, de una casa de severo y noble aspecto, salió una extraña
carcajada.
Ofendido, se
volvió por si era chanza, y así parecía, pues al pasar de nuevo otra vez gritó
sonora la risa extraña.
Don Luis se
dirigió molesto, hacia la puerta de la casona de donde procedía la risa, para
castigar al vil que de él así se burlara. Llamando con fuerza con la pesada
aldaba, se abrieron al poco rato las hojas de una ventana y del cuadro de la
misma nació luz de la mañana…
Una mujer blanca y con
delicada sonrisa en sus labios salió y dijo al caballero:
-Señor, guardad vuestra guardia, que yo fui
quien me reí y nunca pensara ofenderos; fue alegría de mi vida, fueron
risas en mi casa, no obstante, si vos creéis que son falsas mis palabras,
atreveos, pues, señor, a luchar con una dama.
Don Luis se inclinó ante la hermosura y las razones de la dama y dijo al fin:
-Señora mía, yo os ruego que mis palabras sean cenizas que hacia el viento hace poco fueron lanzadas y, al mismo tiempo os suplique para que veáis me encanta vuestra presencia, esa rosa finísima, sutil y pálida, que tronza su breve tallo para en vos estar tronzada…
Pero al estar en estas palabras, se escuchó otra horrible risotada, entre risa y llanto y repentinamente los cristales se cerraron con infernal resonancia. Aulló el viento como nunca y la dama bella y blanca desapareció al misterio del interior de su casa.
Tan sólo quedó en el suelo una flor, una rosa
finísima, sutil, pálida y desmayada.
Un poco aturdido, el joven
tomó aquella extraña rosa y, envuelto en mil confusiones, se colocó
presto la capa, y acelerado, siguió su camino.
A la noche
siguiente estaba la plaza desierta, en silencio. De repente, un farolillo, posó
su débil reflejo en el pasaje que hay junto a la entrada del templo; un hombre
entró con sigilo al pórtico del templo. Allí esperó, tras una columna
escondido.
Dieron las doce, tan tristes y pausadas, que
lamentos parecían del otro mundo, sembrando horrores y miedo.
Al instante, frente al pasaje, salió
lentamente, rígida, la forma humana, tormento del tranquilo vecindario de la
ciudad. Se detuvo en el centro de la plaza y al intentar continuar su camino,
un frío acero detuvo su paso y un acento firme y enérgico dijo:
-Señor, quienquiera que seáis,
joven o viejo, hidalgo, noble, villano, o estéis hecho por las manos embrujadas
de algún diablo del infierno, yo os suplico como deben suplicar los caballeros,
que os descubráis y aceptéis este mi reto, pues juré tomar venganza ya que a mi
hermano habéis matado; así que poneos en guardia ¡vive Dios! Que yo os prometo
que vais a pagar muy caro los crímenes que habéis hecho y…
No acabó su
parlamento porque rápido y veloz, el fantasma se lanzó sobre él con un ademán
siniestro.
Pero el rayo de
la espada del valiente caballero se hundió en el pecho del blanco adversario.
La luz débil y
temblona que ante el cruceiro de piedra estaba ardiendo se apagó de repente y
las campanadas que de lo alto cayeron se juntaron con la horrible carcajada del
espectro, quizás la última que daba o tal vez su grito postrero.
Don Luis
Aguilera se inclinó hacia el cuerpo inmóvil del fantasma, que expirante e
inerte estaba en el suelo, acercó su farolillo y con el tenue reflejo de su
luz, nervioso e inquieto, alumbró el rostro y vio entre un sudario cubierto…
- ¡Oh, Maldición! Uno de
mujer, tan bello, que don Luis, reconoció en seguida, ante el ensueño de sus
ojos de esmeralda y de su boca de fuego.
Era ella, la dama hermosa de la risa de misterio; la mujer linda con carcajada de espectro, que sin duda estaba loca, porque al verse ante el de Aguilera lanzó un grito horripilante que retumbó en el silencio.
Al día
siguiente todo era comentario y contento; la noche de antes, en la plaza de
Santiago a eso de las doce, el misterioso fantasma había sido muerto por
alguien que se ignoraba o que callarlo quisieron. Junto al cadáver, se encontró
desmayada sobre el suelo, una rosa sutil y pálida con los pétalos sangrientos.
Ya no se volvió
a ver más por las calles de Ciudad Real, ni la apuesta gallardía, ni el impulso
y valor del galante y noble don Luis Aguilera Pedrada.
Desde entonces
se cuenta como un amargo recuerdo que al tocar a maitines, todas las noches se
escucha a compás de los lamentos de la campanas un agudo y seco grito, mezcla
de risa de un alma de los infiernos


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