La maleta
Suspiró con
uno de los ojos levitando en medio de la habitación; el parpadeo de este, más
como un tic de ira, parecía hablar en Morse
-Eso no cabrá
ahí, ja, ja, ja- sentía reír a ese ojo malsano. Encajaba en una y otra maleta,
doblaba otra vez como un alumno suspenso en la clase de papiroflexia, la ropa
para colocarla. Es mejor jugar al
Tetris, al menos cuando haces líneas desaparecen se carcajeaba el tic nervioso.
Las manos le temblaban, lo que parecía tarea sencilla era una tiránica
entelequia. Hasta que al final, con la fuerza de un semi-dios griego, cerró la
cremallera con gigantesca sonrisa de satisfacción.
-Ahora no
dices nada, ¡ehhh!» sentenció con un dedo acusador a la imagen reflejada en el
espejo del armario. Su tic paró. Callado por haber conseguido el reto. Un
sonido lento como de un tren viniendo en la oscuridad del túnel, se hacía cada
vez más presente. La sonrisa, sus manos en jarras, cual pose de superhéroe se
difuminaron en el espejo mientras un géiser de camisetas, calzoncillos y
camisas bailaba a su espalda.
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